jueves, 12 de junio de 2014

LABERINTO

(segunda parte)

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Envuelto en la oscuridad, Velarde encontró la paz en el propio laberinto de sus pensamientos. Cerró los ojos. Se imaginó libre por el jardín, recogiendo de la tierra los trozos desperdigados de galletas y dulces, cuando sus ojos se iluminaron con un hilo de luz que descendía desde lo alto. “Sí –se dijo– la oscuridad siempre precede a la luz”.

Se levantó y siguió el rayo que parecía elevarlo de la matriz del laberinto que lo había albergado, como un hijo en el vientre de su madre.

Escaló por los muros siempre con dirección hacia la luz, que aumentaba su resplandor.

La salida estaba cada vez más cerca, cuando repentinamente la boca del túnel empezó a cerrarse, eclipsada por un sol negro que al mismo tiempo emitía ruidos y voces que producían un fuerte estruendo. Velarde, intentó cubrirse los oídos pero el sonido retumbaba con mayor intensidad.

Entonces cerró los ojos y pensó en esa luz, en su interior, la luz que habría de guiarlo. Avanzó contra el ensordecedor sonido. El laberinto comenzó a sacudirse. Las rocas se destruían unas contra otras y el sol, aquél astro negro, reinició su ciclo de rotación sobre el cielo, dando paso a la claridad. Estaba muy cerca de alcanzar la libertad. Asomó por el hoyo del laberinto y vio el verde jardín, esperándolo. Sólo debía tomar impulso, lanzarse al exterior, y el césped lo recibiría como un colchón fresco.

-          Es ahora o nunca –se dijo.

Se lanzó.

El viento recibió su cuerpo mientras caía lentamente sobre el jardín que, a esa hora, estaba atestado de estudiantes que se tumbaban sobre sus mochilas antes de ingresar a sus clases, en la universidad.

-          ¡Hey, Dante, el profe ya llegó!

El muchacho se quitó los auriculares de los oídos.

Sonaba una canción de Led Zeppelin en su Ipod. Immigrant song.

-          ¡Qué dices! –le preguntó.
-          El profe, Dante. Tenemos clases de biología –dijo la chica.

Estaba aturdido.

-          ¿Qué sucede?
-          Nada, es que sentí como si un bicho caminara dentro de mi oreja –dijo.

Se rascó con la uña larga del meñique y extrajo algo de cerumen.

La joven puso cara de asco.

-          A lo mejor estaba soñando –se dijo.
-          Eso, o tienes la cabeza llena de hormigas y bicho raros, querido.

La joven se rió, le dio un beso y se fueron juntos.

En el césped, un prisionero corría a prisa:

-          ¡Libertad! ¡Libertad! –gritaba.

Cuento publicado en la revista Correo Semanal. De la obra: “Tiempos de guerra – 20 cuentos sobre pasiones humanas”

viernes, 6 de junio de 2014

CRÓNICA JADEANTE

ImagenEn las alturas de Puno, muy próximo a la frontera con Bolivia, un pueblo vive su soledad en silencio. El distrito de Conima cumplió 162 años de fundación y, como casi todo en la zona altoandina, cobra vida con la feria del fin de semana.
Escribe: Arturo Valverde
En la comisaría, un hombre está rindiendo su manifestación por un tema que no es de mi interés. Dos efectivos de la Policía Nacional del Perú, forrados hasta el cuello, se las arreglan con una vieja impresora que rechina de frío al pasar la tinta sobre el papel. Al lado de la puerta, Luis Abarca Chipana, suboficial de tercera, entra a la dependencia y coloca unas tajadas de queso y pan de molde en un plato. “Coma –me dice– para que lo sostenga”.
Sus compañeros revisan la impresión y cruzan sus miradas, disconformes. “Miércoles, hay que tipearlo todo de nuevo”, lo que significa una hora más. Abarca Chipana sonríe y sale a la calle. Voy detrás de él.
En vista de que tenemos una hora hasta que sus compañeros vuelvan a escribir e imprimir el atestado policial, decidimos caminar por el distrito de Conima, asentado por encima de los 3,800 metros sobre el nivel del mar, en la provincia de Moho, región Puno. “Caminar está bien”, dice.
Después de una hora y más de vuelo desde Lima al aeropuerto de Juliaca, y luego de tres horas y más de viaje por tierra, en una combi, atravesando el paisaje de lo que alguna vez los conquistadores españoles, a inicios del período de la colonia, llamaron el Alto Perú, llegamos hasta la última comisaría situada a 30 kilómetros de la frontera con Bolivia, o media hora antes del puesto fronterizo.
Conima nos recibe en silencio. Solo el viento mece los árboles, y los candados de acero, con inscripciones mágicas, se sacuden con el soplo feroz del atardecer. Las puertas multicolores que adornan las viviendas de sus 700 habitantes están clausuradas. “Aquí no encontrarás a nadie”, dice Luis Abarca, que trae una cara de aburrimiento que hipnotiza.

PARA SER POLICÍA
Abarca Chipana tiene 30 años y es un hombre joven. Vino del Cusco, y es policía porque quiso ser policía. Alguna vez, pensó que lucharía contra el crimen y batiría a muchos forajidos y delincuentes. Pero hasta el momento, nada. “Conima es muy tranquilo, aunque algunos de sus mayores problemas son los casos de violencia familiar”, acota, al apuntar con el índice una puerta verde, demacrada.
Alguien parece haber hecho un nudo con un trozo de fierro, uniendo dos puertas. Entre ellas, apenas alcanzamos a ver el interior de un patio amplio y algunos animales que deambulan a su antojo.
Desde el mirador de Conima se pueden contar cerca de 2,000 viviendas, y cada una de ellas lleva un candado en su puerta. Los habitantes están en los cerros, pastando a sus ovejas y alpacas. Como espíritus que aparecen solo de noche, ellos bajan de las gigantescas montañas halando a sus animales, soportando la lluvia y el viento que golpea con fuerza en las alturas del altiplano.
Mi guía, el suboficial Abarca, sube ligero hasta el mirador de Conima. Desde allí apreciamos juntos la hermosa vista de un conglomerado de casas, y volviendo sobre el camino, a nuestras espaldas, allá, sí, a lo lejos, “esa es la isla Soto”, considerada una de las islas más grandes del lago Titicaca, donde el cielo se re[1]leja entero. La isla Soto tiene cerca de 5 kilómetros de longitud y 1,3 kilómetros de ancho.
Apunte de viajero: “Una vez, al lado del lago Titicaca, una mujer me sirvió cuatro truchas en un plato, acompañadas de chuño, arroz, papa y ensalada de lechuga. Como el tiempo jugaba en mi contra, apuré en comer y ¡ay!, una espina se clavó como un puñal entre mis muelas. Al volver a Lima, mi esposa, armada de una pinza, sacó la espada de la piedra o la espina de la muela”.

CENTENARIO
En mayo, el distrito de Conima celebró sus 162 años de fundación. Sus habitantes esconden los años entre las arrugas de sus rostros. “La mayoría son adultos mayores y aimaras”, cuenta nuestro guía de la Policía. Conima parece un albergue para adultos mayores al lado del Titicaca.
Existe otra mayoría de habitantes que se dedican a la minería, en el distrito de Ananea, ubicado en la provincia de San Antonio de Putina. El oro brilla en esas minas y los jóvenes y sus padres se encargan de extraerlo.
Todos ellos reaparecen los sábados o domingos, días en que se realizan las habituales ferias en la plaza. Todos los habitantes vuelven de su estado gaseoso entre las nubes y empieza el baile, la fiesta, el intercambio de papas por habas, queso por papa, en un trueque masivo.
Incluso Dios baja del cielo, interpretado por el sacerdote de Conima, quien ofrece la misa y escucha los pecados de los fieles los días domingos, de 10:00 de la mañana a 2:00 de la tarde.
Dejamos atrás la iglesia y el campanario que lleva el letrero: “No subir, peligro”. Volvemos el camino andado rumbo a la estación policial. El cielo está gris y la lluvia empieza a empaparnos. La estatuilla de la Virgen María, de pie en la entrada de la comisaría, dentro de la urna de vidrio, parece embebida por la lluvia.
Adentro, un hombre acaba de rendir su declaración por un asunto que no me interesa. Solo veo a dos policías felices que agitan al aire una hoja impresa. “Tomen, para que no se moje”, dice Luis Abarca Chipana, y colocan el documento en una bolsita de plástico. “¡Llévenlo rápido a Moho!”, ordena otro.

Crónica publicada en el suplemento VARIEDADES del diario oficial EL PERUANO, el 06 de junio de 2014.
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jueves, 5 de junio de 2014

LABERINTO

La revista Correo Semanal, publica la primera parte de mi cuento inédito “Laberinto”, que formará parte de mi tercer libro de cuentos a publicarse el año 2015.
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Cuando despertó, Velarde se encontró a la mitad de una galería de la que se ramificaban una serie de túneles oscuros y estrechos. El escaso aire que se filtraba por los pasillos dificultaba su respiración, a tal punto, que si quería sobrevivir debía hallar una vía de escape. 

Lo primero que vino a su mente fueron los soldados marchando a su lado por la jungla. Por mandato real debía ser desterrado de la colonia y, lo más terrible, condenado a ser arrojado en lo profundo del laberinto. La pena más grave para una hormiga holgazana.    

El laberinto era una construcción que tenía tantos pasadizos como senderos que se bifurcaban unos con otros, pero que no llevaban a ningún lado. Se dividía en tres partes: El laberinto externo, conocido como la boca del laberinto; el laberinto medio, que era el pasaje sombrío donde apenas se podía respirar y, por último, el laberinto interno. Todo aquél que llegaba a este último punto, nunca más volvía a ver la luz del día.

Hileras de minúsculos seres desfilaban por el jardín cada mañana, escoltados por soldados de cabezas enormes y mandíbulas fuertes, encargados de conducir a los desterrados insectos a cumplir su sentencia.

Velarde movió sus patas y un ligero temblor a lo largo del túnel lo sobrecogió. Recordó que los ancianos de la colonia de hormigas, del jardín de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, solían decir que los laberintos tenían vida propia. Las paredes podían verte y sentirte. Si quería escapar debía ser muy cuidadoso y mantener la paz en aquél recinto.

Las hormigas condenadas eran conducidas por los soldados de la colonia, quienes marchaban toda la mañana por el espeso jardín hasta encontrar uno de estos hoyos. Trepaban la pendiente y una vez frente a la entrada del foso eran arrojadas sin piedad. Muchos suplicaban por sus vidas. Velarde, no.

La calma volvió al laberinto cuando recobró el equilibrio. Debía moverse rápido si quería volver al mundo exterior. Así, pensó que lo mejor sería volver por el camino andado que adentrarse más y más por los intrincados corredores de su prisión.

A medida que ascendía por el camino, encontró rocas, rocas suaves y pegajosas, adheridas a las paredes. Exhausto, se detuvo por un momento para recobrar sus fuerzas. El suelo volvió a estremecerse.

De joven, oyó la leyenda de una hormiga que había logrado escapar haciendo enojar al laberinto a punta de golpes y mordidas. Abrió las mandíbulas y mordió el suelo, desencadenando un movimiento brusco, como un terremoto, que lo volvió al fondo del túnel. Estuvo muy cerca de caer a lo más profundo del laberinto, el laberinto interno, si no se hubiera sostenido de una roca adherida a la superficie.

¿Qué maligno personaje o terrible ser era capaz de concebir en su mente el laberíntico diseño de incontables calles y pasillos sinuosos abriéndose unos a otros, sin principio ni fin? ¿Quién podría ser el arquitecto de esta pesadilla?

Estaba condenado a la muerte y al olvido. “No existe un mayor castigo que ser conminado al olvido”, pensó.

Convencido de su inevitable destino, Velarde se tendió de patas arriba, esperando que pronto un nuevo temblor lo precipitara al insondable abismo donde hallaría la muerte.

La segunda parte del cuento Laberinto, será publicada el jueves 12 de junio en la revista Correo Semanal.

viernes, 2 de mayo de 2014

RELATOS DE ESTACIÓN

La Casa de la Literatura Peruana, en la antigua estación ferroviaria de Desamparados, acoge un programa para niños y abuelos ligados por un cariño común hacia los cuentos.
Escribe: Arturo Valverde
 
Manuel Castillo atraviesa la ciudad de Lima, desde el distrito de Carmen de la Legua, con el loable propósito de contar historias a sus cuatrocientos nietos y nietas, una prole ávida y bulliciosa que lo espera en la Casa de la Literatura Peruana del Ministerio de Educación. Antes, ha subido y bajado de varias unidades de transporte público, a las que convierte en auditorios ambulantes donde declama poemas y vende libros al paso. Porque hasta un narrador de cuentos tiene que comer.
 
Es natural de Áncash, está graduado en la ‘universidad de la vida’, y es uno de los cincuenta integrantes del programa Abuelos y Abuelas Cuentacuentos. Es ‘promo’ 2014, es decir, un recién graduado. Similar a sus compañeros, sus clases se iniciaron hace mucho tiempo, cuando aún tenía la cabellera abundante y su mamá se acercaba a su cama para contarle historias, antes de que se durmiera. La mamá tuvo éxito, porque el niño interior de Manuel sigue despierto.
 
“También me contaban cuentos”, le dice, entusiasmada, Julia Arispe, de 71 años, quien no deja de exaltar las cualidades de Manuel. La ‘abuela’ de Julia era su hermana; y sus nietos –ahora– los niños y niñas que lustran el piso con sus uniformes en la Casa de la Literatura Peruana.
 
“¡También escribo canciones y poemas!”, dice ella, siguiendo al pie de la letra el consejo de Regina Alcóver: “¡Escriba lo que sea y como le salga!”, le decía –años atrás– por los parlantes de su radio. Regina sabe; cada edad tiene su belleza.
 
Los niños forman un círculo en el piso, como si estuvieran sentados alrededor del fuego, ese fuego de la sabiduría que mantiene incandescente su fascinación por la magia y el ensueño. Es un rito, soul sacrifice-, percusión a cargo de los niños y niñas que repiquetean con sus pies, al subir y bajar las gradas de la antigua Estación de Desamparados, como un tren fantasma llegando a la puerta de la Casa.
 
Algunos de ellos se distraen con el ruido de lo que pareciera un tren en marcha sobre sus cabezas. Una pequeña, gafas, pasta rosada, contempla a Víctor Hugo Romero, de 76 años –sentado delante de la gigantografía del Puente de los Suspiros–, quien esconde el brillo de sus ojos bajo un sombrero de ala ancha. Él también, abuelo cuentacuento, escucha la marcha de los escolares que siguen llegando y van de sala en sala.
 
“¡Quinua! –exclama, captando la atención de su joven audiencia–; ese es el nombre del grano dorado”. Y sonríe al terminar de revelar un mito aimara.
 
En otra sala, Rosa Farro Becerra se transforma, a sus 68 años, en el dios andino Wiracocha. En esa habitación, los niños y niñas se convierten en imágenes de los templos preíncas. Se incendian, se vuelven aire, agua, tierra, “como la tierra de mi país, rica y fructífera”, dice Rosa, levantándose de su silla, en éxtasis. Cecilia Linares, socióloga de 66 años, retirada, sufre una regresión: vuelve a ser pequeña. “Aquí aprenden los niños de los abuelos, y los abuelos de los niños”, explica, acogedora.
 
UNA LEJANA NOCHE
La vida también es cuento. Si no, que te lo cuente Teresa Morán. Ella, en una lejana noche, cuando era estudiante de arqueología, viajó con José Matos Mar y Hugo Neira al distrito de Pacaraos, en Huaral. “Esa noche, ella fue perseguida por almas, perdió su manto y los alumnos caminaban bajo la Luna, envueltos en frazadas”. ¿Sabrán estos maestros que ya se han convertido en personajes de cuento? Ahora son parte de la tradición oral.
 
La marcha del tren fantasma –que es el paso apurado de los visitantes– se detiene. La Casa de la Literatura Peruana luce solitaria tras la partida de los niños y las niñas que, por más de una hora, pulieron el piso con sus grises faldas y pantalones, que bajaron y subieron gradas, que fueron Wiracocha y fuego y aprendieron que hay que meter el hígado en la refrigeradora antes de salir de casa. “Este segundo que vivimos es muy importante”, les dice Carlos Villena, con la sapiencia de sus 77 años. Ellos aplauden, se levantan, porque el cuento ha terminado y hay que abrir la lonchera.
 
PERÍODO PRODUCTIVO
 Debemos prepararnos para una vejez productiva, opina Rony Puchuri, coordinador del programa Abuelas y Abuelos Cuentacuentos, al precisar que son 51 los adultos mayores que se han sumado a esta cruzada voluntaria. “Desde 2013, hemos atendido a 2,000 niños”, explica el funcionario, para detallar que el programa está dirigido a personas de entre 60 y 75 años de edad que tengan disponibilidad de tiempo y, sobre todo, ánimo de emprender este proyecto. Algunos provienen de Centros de Atención Residencial para Personas Adultas Mayores; otros se inscribieron por iniciativa propia. Ellos han sido capacitados en estrategias de animación de la lectura por la asociación cultural Déjame que te Cuente, a cargo de Cucha del Águila, y están listos para visitar cualquier distrito, albergue o colegio. 
 
 
 
Crónica publicada en el suplemento Variedades del diario oficial El Peruano.
 
Fotos de Melina Mejía.
Edición: César Chaman

jueves, 24 de abril de 2014

CELEBRA EL DÍA DEL LIBRO...LEYENDO EN HORAS DE TRÁFICO

Celebra el día del libro leyendo en horas de tráfico

El tráfico en la ciudad de Lima y en otras ciudades del mundo es una oportunidad para quienes viajan sentados, puedan leer su novela favorita o leer el periódico. Qué mejor manera de celebrar el Día Internacional del Libro, que abrir las páginas de un libro -Cien años de Soledad, por ejemplo- y leer mientras viajamos en el bus, o en cualquier medio de transporte público.

Según el Colegio de Ingenieros del Perú, un limeño se pasa hasta un cuarto de su vida viajando en combis y buses; lo que representa un tiempo valioso para los pasajeros y pasajeras que, en vez de mirar por la ventana y dormirse, puedan aprovechar las horas de tráfico para leer.

¿Se puede leer en movimiento? Sí, podemos. Lo veo todos los días. Escolares y universitarios, de día, de noche, leyendo sus cuadernos, libros, poesía, algunos escriben poemas en las últimas páginas de sus cuadernos; también los adultos, que prefieren leer el diario, uno de cincuenta céntimos, pero leen. También las señoras, algunas abren sus pequeñas biblias, pero leen. 

La idea no es dictarle a las personas lo que deben leer, sino simplemente ponerse a leer. Tal vez, algunos, por imitación, puedan animarse a hacer lo mismo.

Algo muy importante, a su vez, es la seguridad que debe existir en las rutas. Es decir, no podemos leer tranquilos y seguros, teniendo choferes como los de la Empresa Orión y otras empresas de transporte, que se niegan a participar de la reforma del transporte. 

Pero la reforma del transporte, como cualquier otra reforma, empieza también por la educación que reciben las personas desde sus hogares y escuelas. La lectura es la mejor reforma. 

Ahora tenemos y tendremos modernos sistemas de transporte público, como el tren eléctrico y el Metropolitano, que aunque no lo crean, existen momentos en que se liberan los asientos - o tienes la suerte de viajar sentado- y puedes aprovechar para leer. 

No olviden llevar siempre un libro bajo el brazo o en la mochila, o en la cartera. Si tu perfume te quita espacio, reemplázalo por un libro. Quita la botella de ron que llevas en tu mochila a la universidad, y pon allí un libro.

Como integrante y miembro fundador del "Colectivo Promovamos la Lectura en las Combis"  (@Yoleoencombis), te deseo un felíz Día Internacional del Libro, y te animo a celebrarlo leyendo en horas de tráfico.

Mi cuenta en Twitter: @ArturoValverdeP

martes, 15 de abril de 2014

¿POR QUÉ FRACASAN LOS PAÍSES? PORQUE NO LEEN


La revista Semana Económica publica el artículo Ya fue tu pregunta, Zavalita de Lucía Benavides, en el cual hace referencia al libro Why Nations Fail de Daron Acemoglu y James Robinson; y donde además, a mi parecer, exhorta a todos los Zavalitas del Perú a dejar de inquirirse ¿cuándo se jodió el Perú?, sino “ponerse a trabajar”.


Concuerdo con Benavides, sin embargo, me atrevería a decir que una de las causas por las cuales los países fracasan es por el bajo nivel de preparación intelectual de su gente. Dicho de otro modo, porque su gente no lee.

En Why Nations Fail se desmitifica que las condiciones geográficas y la diversidad multiétnica, sean las razones por las cuales fracasa un país; todo lo contrario, los autores aseveran que su éxito radica en crear instituciones inclusivas, y no excluyentes. Considero que impulsar la lectura en la sociedad, puede ser una de las alternativas. Tu mejor Green Card es tu cabeza.

Un profesor universitario me dijo que el progreso del Perú dependía de una revolución industrial, y por lo tanto debía crearse más empresas e industrias. ¿Y quiénes pondrían en buena marcha esas industrias sino gente preparada? Olvidaba que el factor humano es imperante para el desarrollo; y contrario a su revolución industrial, propongo una revolución intelectual: Poner al Perú a leer.

Una persona que lee tendrá más herramientas para desarrollar su creatividad empresarial; defender sus derechos; como padre o madre formará mejores hijos; y todo esto hace una mejor sociedad y un Estado más inclusivo, porque no olviden que el Estado somos nosotros. Why Nations Fail no te dice: ponte a leer para que no fracases. Miguel Ángel Cornejo, el creador de tigres de papel, tampoco lo dice.

Leer también fomenta la unión entre países contra odios históricos. No conozco español que siga quejándose de la invasión árabe pero sí muchos peruanos que aún lamentan la conquista española. Leer reduce las brechas raciales y sociales. Hoy, firmamos Tratados de Libre Comercio, pero para competir hay que prepararse todos los días. La economía es un resultado de tu preparación intelectual: cuánto sabes y cómo lo aplicas en tu realidad.

A propósito, un cuento para el próximo CADE: Dicen que una vez un empresario visitaba Catacaos, Piura. Miraba por la ventana de su auto una flota de buses interprovinciales y le dice a su chofer: “Ese parece un buen negocio. ¿Quién será el dueño?”. El otro le responde: “Son suyos, señor”.

Benavides dice: “Si tuviera la oportunidad de hablar hoy con Zavalita, le diría que deje de conversar tanto y se ponga a trabajar”. Muy bien dicho. Podríamos empezar porque los peruanos lean más. Los capitanes y reyes siempre estarán allí, pero cuando una sociedad lee tiene la facultad de hacer grandes cambios.

Mi cuenta en Twitter: @ArturoValverdeP

viernes, 28 de marzo de 2014

A LA ATLÁNTIDA EN BICICLETA

Dos ruedas, una cadena de transmisión y una estructura de metal con un asiento cómodo son suficientes para explorar la noche limeña y sus encantos en lugares inimaginables.

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ESCRIBE ARTURO VALVERDE
FOTOS: MELINA MEJÍA
Esa noche, en Ventanilla, varios vecinos de Ciudad del Deporte se despertaron con un sobresalto. A lo lejos, no se veía más que un grupo nutrido de lucecitas aproximándose a prisa con un zumbido, en la oscuridad; sin embargo, como los terrenos libres en la zona han sido siempre un bocado apetitoso para los traficantes, no era descabellado pensar en un nuevo intento de invasión.
“¡Somos ciclistas, no somos invasores!”, exclamó Marko Palacios, para tranquilizar a la gente que había salido a las puertas de sus casas con pijamas y palos de escoba. Aquella vez, Marko lideraba al grupo de Lima North Cycling en uno de sus habituales recorridos nocturnos por la periferia de la capital: sobre dos ruedas, los ánimos dan para adentrarse en sectores por los que muy pocos desearían caminar, ni siquiera de día.
Esta es una de las múltiples anécdotas que Marko recuerda con una sonrisa y la imaginación volcada en el pasado, en el momento en que decidió fundar –un año atrás– un club para amantes del ciclismo. En la aventura, lo acompañaron cuatro de sus amigos: Cristopher, César, José y Eder. “En este club solo necesitas tener las ganas; eso y una bicicleta”.
Pedalear por las noches, contra el tráfico y con una pléyade de choferes que raras veces respetan a esta pequeña galaxia de luces, es la especialidad del experimentado grupo. Todos saben que la pasión tiene sus riesgos: una vez, un chofer de combi le cerró el paso a uno de los ciclistas y lo tumbó sin miramientos; en otra ocasión, un conductor bajó de su auto para romperle la bicicleta a otro deportista. El tipo estaba ebrio. Un policía se encontraba cerca del lugar.

CON RUEDAS Y SIN DROGAS
Marko Palacios luce algo gordito, pero dice que el peso no es impedimento para pedalear con el equipo de Lima North Cycling, al que -gracias a Facebook- se han unido dentistas, arquitectos, abogados y otros profesionales. Junto a ellos, Marko ha iniciado una nueva carrera: trabajar con los distintos municipios del Cono Norte para que se respete a los ciclistas. Además, desea promover la inclusión de este deporte en los programas de desarrollo social dirigidos a los jóvenes de la zona, como alternativa para una vida sana, lejos de la violencia de las calles y la droga.
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LA PROMESA
Lima North Cycling está cerca de celebrar su primer aniversario. En este tiempo, nuevos integrantes se han sumado a la aventura de recorrer el Cono Norte. Uno de ellos es el menor de iniciales J. J., quien a sus quince años dedica la mitad del tiempo a sus estudios escolares y la otra mitad al ciclismo. Por supuesto, “primero debe hacer sus tareas”, dice Marko, quien se ha convertido –igual que todos– en parte de una familia para el joven pedalero.
J. J. vive en Comas y maneja el “bumble bee” del mundo de las ruedas. Una escultura de caños atravesados que poco a poco fue ensamblando con la ayuda del padre de un amigo, propietario de un taller de reparación de autos. Llantas, frenos, cadenas y demás piezas fueron adquiridos con las propinas que ganaba como ‘jalador’ en el emporio de Gamarra. Allí, su hermana tiene un puesto de ropa. J. J. anima al público a entrar al local.
A pesar de su corta edad, ha participado en varios campeonatos en Ventanilla. Pero como no cuenta con los medios necesarios para comprar una bicicleta apropiada para este tipo de competencias, sus compañeros le prestan una.
“Me gusta manejar mi bicicleta”, dice. El año pasado, J. J. quedó en segundo puesto entre mil participantes de la competencia Jhon Alhuay Quispe, nombre de un ciclista que murió atropellado en 2007, a la altura de Oquendo, en la célebre avenida Néstor Gambetta.

LA ATLÁNTIDA
A mediados de marzo, respondiendo a la convocatoria de Marko, cerca de veinte ciclistas se reunieron en las inmediaciones de la municipalidad de Los Olivos para emprender una nueva travesía: la ruta ‘Tahua’, apócope del distrito de Tahuantinsuyo. La meta era llegar a la cúspide del cerro más alto de la zona, un lugar al que ellos han denominado ‘La Atlántida’, en memoria al mítico continente perdido y descrito en los textos del filósofo griego Platón, hace más de 2,300 años.
El recorrido comienza en la avenida Carlos Izaguirre y continúa hacia Túpac Amaru, hasta la senda por donde se llega a las faldas del cerro. A las 8:00 de la noche, Tahuantinsuyo parece impenetrable. A partir de ese momento, los ruteros saben que no hay marcha atrás. En el trayecto, el camino se hace cada vez más empinado, tanto que los ‘colectiveros’ que peinan la zona deben pisar el acelerador a fondo para ganar las partes altas.
Por momentos, algunos ciclistas se rezagan en la odisea nocturna, pero nadie se queda sin luchar. Su arma es biomecánica: un par de piernas, dos ruedas de aluminio y un sistema de músculos que pedalea con todo vigor. En este pelotón de incansables, la noción de ‘último puesto’ no existe: todos son ganadores.
De pronto, los corredores llegan a una zona oscura, donde las luces de sus cascos son lo único que alumbra pista y baches, rumbo a una pendiente pronunciada. Allí, detrás de los arbustos y los cactus, rodeada por edificaciones inconclusas, se descubre ante ellos una plataforma circular de columnas pétreas, similares al ágora popular de la antigua Grecia. El lugar, en penumbra, recibe a los viajeros. Han llegado a la meta. Sin duda, Platón, se equivocó al situar la Atlántida en el mar Mediterráneo. La Atlántida está en Tahuantinsuyo.

Esta crónica fue portada y central del suplemento VARIEDADES del diario EL PERUANO (N°362, Lima 28 de marzo de 2014)

Mi cuenta en Twitter: ArturoValverdeP
Lee también: http://condenadoaescribir.wordpress.com/2014/03/28/a-la-atlantida-en-bicicleta/
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