lunes, 21 de julio de 2014

IMÁGENES PAGANAS

Guiado por su afición de coleccionista, Jorge Bustamante tiene en su poder más de 3,000 fotografías fúnebres, muchas de ellas fechadas en el siglo XIX. A la par, ha asistido a más de 2,000 entierros y lo seguirá haciendo.
Escribe: Arturo Valverde
Por principio. “No le temo a la muerte”, asegura Bustamante, propietario de una colección de imágenes fúnebres y algunas calaveras.

Por principio. “No le temo a la muerte”, asegura Bustamante, propietario de una colección de imágenes fúnebres y algunas calaveras.
Esa tarde, Jorge descubrió un envase de lata donde su madre solía depositar recuerdos trascendentales de la familia Bustamante Arce. Dentro del recipiente se apilaban decenas de retratos y fotografías de momentos estelares: una boda,
banquetes con los parientes y alguno que otro cumpleaños. Empero, una foto captó la atención de Jorge: un grupo de hombres ante un ataúd, de terno y corbata, de pie y de espaldas a uno de los pabellones del cementerio Presbítero Maestro. En ese momento, Jorge aún no se convertía en anticuario ni imaginaba que 30 años después necesitaría más de una lata para archivar las 3,000 fotografías de funerales y entierros que baraja como las figuritas de un álbum.
“No tengo miedo a la muerte”, responde sin demora, con los ojos bien abiertos. Se sienta sobre el tapete de su sala y empieza a repartir las fotografías de su colección:
-Mira esta –me dice–. Es una niña muerta.
-¡Imposible, está de pie!
La escena muestra a una niña que rodea con uno de sus brazos a su muñeca de porcelana. Tanto la pequeña como su juguete tienen el mismo peinado y la misma mirada fría, lo único que las diferencia es el vestido y un sombrerito.
La colección Post mortem de Jorge Bustamante abarca desde mediados del siglo XIX. Para ser exactos, estos retratos surgieron años después del inicio de la fotografía, allá por 1839. Sin embargo, antes que Louis Daguerre hiciera público el invento de la fotografía y mucho tiempo antes de los experimentos de Joseph-Nicéphore Niépce, el ser humano ya buscaba perennizar ese último instante.
Ejemplo de ello son los retratos de personajes históricos en su lecho de muerte, como el del escritor Jean Paul Marat, de estilo neoclásico, realizado por el pintor Jacques-Louis David en 1793, cuando Francia vivía el reinado del terror. Aquí, en Lima, contamos con el retrato post mortem de Isabel Flores de Oliva o Santa Rosa de Lima. La historia da cuenta que a su deceso, su padre pidió al pintor italiano Angelino Medoro que retratara a su hija. A él le debemos la aproximación física al rostro de la santa.
-Si miras con atención, notarás que hay una especie de soporte detrás de la niña –dice Bustamante.
El soporte de madera al que hace mención era usado tanto para las personas con vida como para las ya fallecidas. El uso de este artículo se debía a la técnica fotográfica del siglo XIX, la exposición frente a daguerrotipos duraba tanto que las personas debían mantener una postura única hasta el término de la toma. Por eso se apelaba a aparatos para sostener la postura que, por su macabra apariencia, hoy deberían estar en el Museo de la Inquisición.
En la colección de Bustamante hay también fotos en que los familiares aparecen sentados a la mesa, disfrutando de un sabroso almuerzo junto al fallecido. Asimismo, parejas de hermanos posando para la cámara: uno vivo; el otro, muerto.
Ahora, Jorge trae consigo otra caja de plástico y pone sobre la mesa la foto de un bebé muerto en su cuna. Cruzamos miradas e imaginamos a una madre en su cama, despertándose, bostezando, tal vez un instante de flatulencia antes de levantarse y mirar, los 365 días del año, el mismo cuadro de su pequeño rodeado de flores y velas. “Debió ser una auto flagelación, una penitencia”, dice el coleccionista. Apartamos el tétrico retrato para observar un estuche verde en cuyo interior están dispuestos diez rizos de color castaño amarrados por un lacito anaranjado. “¡Son los rizos de Shirley Temple!”. Bromeamos por un instante para espantar la sombra de la muerte. En medio de los bucles está el retrato de una niña de sonrisa dulce. Tiene los ojos cerrados y un chupón en los labios. Para Bustamante, esta pieza es como el holograma del álbum, la figurita más codiciada.
Detrás de este coleccionista de 53 años hay una repisa con una selección de santos cuyas extremidades pueden flexionarse. Instalada, en medio de ellos, está la muerte coronada. “Perdí la cabeza de éste santo y decidí ponerle una calavera”, dice Jorge para aclarar que se trata de una casualidad. Sin embargo, en su pared cuelga el retrato de otra calavera enorme, obra del artista Blas Isasi. El anticuario toma una de las tantas calaveras que adornan su sala y se sienta delante del trono de la muerte.

 DE MUERTE Y TABÚ
Las fotografías post mortem se realizaban momentos antes de que el cadáver entrara a la fase de rigor mortis, esto es, un promedio de tres a cuatro horas antes que los músculos se tornaran rígidos. Estas imágenes son una evidencia de una idea romántica acerca de lo que la muerte representaba para la sociedad de mediados del siglo XIX. Hoy por hoy, se ha vuelto una especie de tabú.

OTROS ESPACIOS
También hay un espacio para los vivos y los seres terrenales en la casa de Bustamante. Allí están los retratos de familiares en vida –repito, en vida–, los que adornan las paredes de su casa. Además, tiene algunos jarrones con caramelos que te invita a probar, pero quizás lo más sorprendente es el retrato de tamaño real de Florcita Polo –la hija de Susy Díaz– que tiene en su ducha, como en un cofre de mayólica y vidrio. Imagino que para él deben ser unos baños cuasi orgásmicos. Total, como dirían los franceses, hacer el amor es como una petite mort. Pero ese es otro tipo de entierro para Bustamante.
Esta crónica fue publicada en el suplemento Variedades del diario oficial El Peruano, el 18 de julio de 2014.

También en: http://condenadoaescribir.wordpress.com/

ElPeruano_Calaveras

jueves, 12 de junio de 2014

LABERINTO

(segunda parte)

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Envuelto en la oscuridad, Velarde encontró la paz en el propio laberinto de sus pensamientos. Cerró los ojos. Se imaginó libre por el jardín, recogiendo de la tierra los trozos desperdigados de galletas y dulces, cuando sus ojos se iluminaron con un hilo de luz que descendía desde lo alto. “Sí –se dijo– la oscuridad siempre precede a la luz”.

Se levantó y siguió el rayo que parecía elevarlo de la matriz del laberinto que lo había albergado, como un hijo en el vientre de su madre.

Escaló por los muros siempre con dirección hacia la luz, que aumentaba su resplandor.

La salida estaba cada vez más cerca, cuando repentinamente la boca del túnel empezó a cerrarse, eclipsada por un sol negro que al mismo tiempo emitía ruidos y voces que producían un fuerte estruendo. Velarde, intentó cubrirse los oídos pero el sonido retumbaba con mayor intensidad.

Entonces cerró los ojos y pensó en esa luz, en su interior, la luz que habría de guiarlo. Avanzó contra el ensordecedor sonido. El laberinto comenzó a sacudirse. Las rocas se destruían unas contra otras y el sol, aquél astro negro, reinició su ciclo de rotación sobre el cielo, dando paso a la claridad. Estaba muy cerca de alcanzar la libertad. Asomó por el hoyo del laberinto y vio el verde jardín, esperándolo. Sólo debía tomar impulso, lanzarse al exterior, y el césped lo recibiría como un colchón fresco.

-          Es ahora o nunca –se dijo.

Se lanzó.

El viento recibió su cuerpo mientras caía lentamente sobre el jardín que, a esa hora, estaba atestado de estudiantes que se tumbaban sobre sus mochilas antes de ingresar a sus clases, en la universidad.

-          ¡Hey, Dante, el profe ya llegó!

El muchacho se quitó los auriculares de los oídos.

Sonaba una canción de Led Zeppelin en su Ipod. Immigrant song.

-          ¡Qué dices! –le preguntó.
-          El profe, Dante. Tenemos clases de biología –dijo la chica.

Estaba aturdido.

-          ¿Qué sucede?
-          Nada, es que sentí como si un bicho caminara dentro de mi oreja –dijo.

Se rascó con la uña larga del meñique y extrajo algo de cerumen.

La joven puso cara de asco.

-          A lo mejor estaba soñando –se dijo.
-          Eso, o tienes la cabeza llena de hormigas y bicho raros, querido.

La joven se rió, le dio un beso y se fueron juntos.

En el césped, un prisionero corría a prisa:

-          ¡Libertad! ¡Libertad! –gritaba.

Cuento publicado en la revista Correo Semanal. De la obra: “Tiempos de guerra – 20 cuentos sobre pasiones humanas”

viernes, 6 de junio de 2014

CRÓNICA JADEANTE

ImagenEn las alturas de Puno, muy próximo a la frontera con Bolivia, un pueblo vive su soledad en silencio. El distrito de Conima cumplió 162 años de fundación y, como casi todo en la zona altoandina, cobra vida con la feria del fin de semana.
Escribe: Arturo Valverde
En la comisaría, un hombre está rindiendo su manifestación por un tema que no es de mi interés. Dos efectivos de la Policía Nacional del Perú, forrados hasta el cuello, se las arreglan con una vieja impresora que rechina de frío al pasar la tinta sobre el papel. Al lado de la puerta, Luis Abarca Chipana, suboficial de tercera, entra a la dependencia y coloca unas tajadas de queso y pan de molde en un plato. “Coma –me dice– para que lo sostenga”.
Sus compañeros revisan la impresión y cruzan sus miradas, disconformes. “Miércoles, hay que tipearlo todo de nuevo”, lo que significa una hora más. Abarca Chipana sonríe y sale a la calle. Voy detrás de él.
En vista de que tenemos una hora hasta que sus compañeros vuelvan a escribir e imprimir el atestado policial, decidimos caminar por el distrito de Conima, asentado por encima de los 3,800 metros sobre el nivel del mar, en la provincia de Moho, región Puno. “Caminar está bien”, dice.
Después de una hora y más de vuelo desde Lima al aeropuerto de Juliaca, y luego de tres horas y más de viaje por tierra, en una combi, atravesando el paisaje de lo que alguna vez los conquistadores españoles, a inicios del período de la colonia, llamaron el Alto Perú, llegamos hasta la última comisaría situada a 30 kilómetros de la frontera con Bolivia, o media hora antes del puesto fronterizo.
Conima nos recibe en silencio. Solo el viento mece los árboles, y los candados de acero, con inscripciones mágicas, se sacuden con el soplo feroz del atardecer. Las puertas multicolores que adornan las viviendas de sus 700 habitantes están clausuradas. “Aquí no encontrarás a nadie”, dice Luis Abarca, que trae una cara de aburrimiento que hipnotiza.

PARA SER POLICÍA
Abarca Chipana tiene 30 años y es un hombre joven. Vino del Cusco, y es policía porque quiso ser policía. Alguna vez, pensó que lucharía contra el crimen y batiría a muchos forajidos y delincuentes. Pero hasta el momento, nada. “Conima es muy tranquilo, aunque algunos de sus mayores problemas son los casos de violencia familiar”, acota, al apuntar con el índice una puerta verde, demacrada.
Alguien parece haber hecho un nudo con un trozo de fierro, uniendo dos puertas. Entre ellas, apenas alcanzamos a ver el interior de un patio amplio y algunos animales que deambulan a su antojo.
Desde el mirador de Conima se pueden contar cerca de 2,000 viviendas, y cada una de ellas lleva un candado en su puerta. Los habitantes están en los cerros, pastando a sus ovejas y alpacas. Como espíritus que aparecen solo de noche, ellos bajan de las gigantescas montañas halando a sus animales, soportando la lluvia y el viento que golpea con fuerza en las alturas del altiplano.
Mi guía, el suboficial Abarca, sube ligero hasta el mirador de Conima. Desde allí apreciamos juntos la hermosa vista de un conglomerado de casas, y volviendo sobre el camino, a nuestras espaldas, allá, sí, a lo lejos, “esa es la isla Soto”, considerada una de las islas más grandes del lago Titicaca, donde el cielo se re[1]leja entero. La isla Soto tiene cerca de 5 kilómetros de longitud y 1,3 kilómetros de ancho.
Apunte de viajero: “Una vez, al lado del lago Titicaca, una mujer me sirvió cuatro truchas en un plato, acompañadas de chuño, arroz, papa y ensalada de lechuga. Como el tiempo jugaba en mi contra, apuré en comer y ¡ay!, una espina se clavó como un puñal entre mis muelas. Al volver a Lima, mi esposa, armada de una pinza, sacó la espada de la piedra o la espina de la muela”.

CENTENARIO
En mayo, el distrito de Conima celebró sus 162 años de fundación. Sus habitantes esconden los años entre las arrugas de sus rostros. “La mayoría son adultos mayores y aimaras”, cuenta nuestro guía de la Policía. Conima parece un albergue para adultos mayores al lado del Titicaca.
Existe otra mayoría de habitantes que se dedican a la minería, en el distrito de Ananea, ubicado en la provincia de San Antonio de Putina. El oro brilla en esas minas y los jóvenes y sus padres se encargan de extraerlo.
Todos ellos reaparecen los sábados o domingos, días en que se realizan las habituales ferias en la plaza. Todos los habitantes vuelven de su estado gaseoso entre las nubes y empieza el baile, la fiesta, el intercambio de papas por habas, queso por papa, en un trueque masivo.
Incluso Dios baja del cielo, interpretado por el sacerdote de Conima, quien ofrece la misa y escucha los pecados de los fieles los días domingos, de 10:00 de la mañana a 2:00 de la tarde.
Dejamos atrás la iglesia y el campanario que lleva el letrero: “No subir, peligro”. Volvemos el camino andado rumbo a la estación policial. El cielo está gris y la lluvia empieza a empaparnos. La estatuilla de la Virgen María, de pie en la entrada de la comisaría, dentro de la urna de vidrio, parece embebida por la lluvia.
Adentro, un hombre acaba de rendir su declaración por un asunto que no me interesa. Solo veo a dos policías felices que agitan al aire una hoja impresa. “Tomen, para que no se moje”, dice Luis Abarca Chipana, y colocan el documento en una bolsita de plástico. “¡Llévenlo rápido a Moho!”, ordena otro.

Crónica publicada en el suplemento VARIEDADES del diario oficial EL PERUANO, el 06 de junio de 2014.
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jueves, 5 de junio de 2014

LABERINTO

La revista Correo Semanal, publica la primera parte de mi cuento inédito “Laberinto”, que formará parte de mi tercer libro de cuentos a publicarse el año 2015.
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Cuando despertó, Velarde se encontró a la mitad de una galería de la que se ramificaban una serie de túneles oscuros y estrechos. El escaso aire que se filtraba por los pasillos dificultaba su respiración, a tal punto, que si quería sobrevivir debía hallar una vía de escape. 

Lo primero que vino a su mente fueron los soldados marchando a su lado por la jungla. Por mandato real debía ser desterrado de la colonia y, lo más terrible, condenado a ser arrojado en lo profundo del laberinto. La pena más grave para una hormiga holgazana.    

El laberinto era una construcción que tenía tantos pasadizos como senderos que se bifurcaban unos con otros, pero que no llevaban a ningún lado. Se dividía en tres partes: El laberinto externo, conocido como la boca del laberinto; el laberinto medio, que era el pasaje sombrío donde apenas se podía respirar y, por último, el laberinto interno. Todo aquél que llegaba a este último punto, nunca más volvía a ver la luz del día.

Hileras de minúsculos seres desfilaban por el jardín cada mañana, escoltados por soldados de cabezas enormes y mandíbulas fuertes, encargados de conducir a los desterrados insectos a cumplir su sentencia.

Velarde movió sus patas y un ligero temblor a lo largo del túnel lo sobrecogió. Recordó que los ancianos de la colonia de hormigas, del jardín de la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, solían decir que los laberintos tenían vida propia. Las paredes podían verte y sentirte. Si quería escapar debía ser muy cuidadoso y mantener la paz en aquél recinto.

Las hormigas condenadas eran conducidas por los soldados de la colonia, quienes marchaban toda la mañana por el espeso jardín hasta encontrar uno de estos hoyos. Trepaban la pendiente y una vez frente a la entrada del foso eran arrojadas sin piedad. Muchos suplicaban por sus vidas. Velarde, no.

La calma volvió al laberinto cuando recobró el equilibrio. Debía moverse rápido si quería volver al mundo exterior. Así, pensó que lo mejor sería volver por el camino andado que adentrarse más y más por los intrincados corredores de su prisión.

A medida que ascendía por el camino, encontró rocas, rocas suaves y pegajosas, adheridas a las paredes. Exhausto, se detuvo por un momento para recobrar sus fuerzas. El suelo volvió a estremecerse.

De joven, oyó la leyenda de una hormiga que había logrado escapar haciendo enojar al laberinto a punta de golpes y mordidas. Abrió las mandíbulas y mordió el suelo, desencadenando un movimiento brusco, como un terremoto, que lo volvió al fondo del túnel. Estuvo muy cerca de caer a lo más profundo del laberinto, el laberinto interno, si no se hubiera sostenido de una roca adherida a la superficie.

¿Qué maligno personaje o terrible ser era capaz de concebir en su mente el laberíntico diseño de incontables calles y pasillos sinuosos abriéndose unos a otros, sin principio ni fin? ¿Quién podría ser el arquitecto de esta pesadilla?

Estaba condenado a la muerte y al olvido. “No existe un mayor castigo que ser conminado al olvido”, pensó.

Convencido de su inevitable destino, Velarde se tendió de patas arriba, esperando que pronto un nuevo temblor lo precipitara al insondable abismo donde hallaría la muerte.

La segunda parte del cuento Laberinto, será publicada el jueves 12 de junio en la revista Correo Semanal.

viernes, 2 de mayo de 2014

RELATOS DE ESTACIÓN

La Casa de la Literatura Peruana, en la antigua estación ferroviaria de Desamparados, acoge un programa para niños y abuelos ligados por un cariño común hacia los cuentos.
Escribe: Arturo Valverde
 
Manuel Castillo atraviesa la ciudad de Lima, desde el distrito de Carmen de la Legua, con el loable propósito de contar historias a sus cuatrocientos nietos y nietas, una prole ávida y bulliciosa que lo espera en la Casa de la Literatura Peruana del Ministerio de Educación. Antes, ha subido y bajado de varias unidades de transporte público, a las que convierte en auditorios ambulantes donde declama poemas y vende libros al paso. Porque hasta un narrador de cuentos tiene que comer.
 
Es natural de Áncash, está graduado en la ‘universidad de la vida’, y es uno de los cincuenta integrantes del programa Abuelos y Abuelas Cuentacuentos. Es ‘promo’ 2014, es decir, un recién graduado. Similar a sus compañeros, sus clases se iniciaron hace mucho tiempo, cuando aún tenía la cabellera abundante y su mamá se acercaba a su cama para contarle historias, antes de que se durmiera. La mamá tuvo éxito, porque el niño interior de Manuel sigue despierto.
 
“También me contaban cuentos”, le dice, entusiasmada, Julia Arispe, de 71 años, quien no deja de exaltar las cualidades de Manuel. La ‘abuela’ de Julia era su hermana; y sus nietos –ahora– los niños y niñas que lustran el piso con sus uniformes en la Casa de la Literatura Peruana.
 
“¡También escribo canciones y poemas!”, dice ella, siguiendo al pie de la letra el consejo de Regina Alcóver: “¡Escriba lo que sea y como le salga!”, le decía –años atrás– por los parlantes de su radio. Regina sabe; cada edad tiene su belleza.
 
Los niños forman un círculo en el piso, como si estuvieran sentados alrededor del fuego, ese fuego de la sabiduría que mantiene incandescente su fascinación por la magia y el ensueño. Es un rito, soul sacrifice-, percusión a cargo de los niños y niñas que repiquetean con sus pies, al subir y bajar las gradas de la antigua Estación de Desamparados, como un tren fantasma llegando a la puerta de la Casa.
 
Algunos de ellos se distraen con el ruido de lo que pareciera un tren en marcha sobre sus cabezas. Una pequeña, gafas, pasta rosada, contempla a Víctor Hugo Romero, de 76 años –sentado delante de la gigantografía del Puente de los Suspiros–, quien esconde el brillo de sus ojos bajo un sombrero de ala ancha. Él también, abuelo cuentacuento, escucha la marcha de los escolares que siguen llegando y van de sala en sala.
 
“¡Quinua! –exclama, captando la atención de su joven audiencia–; ese es el nombre del grano dorado”. Y sonríe al terminar de revelar un mito aimara.
 
En otra sala, Rosa Farro Becerra se transforma, a sus 68 años, en el dios andino Wiracocha. En esa habitación, los niños y niñas se convierten en imágenes de los templos preíncas. Se incendian, se vuelven aire, agua, tierra, “como la tierra de mi país, rica y fructífera”, dice Rosa, levantándose de su silla, en éxtasis. Cecilia Linares, socióloga de 66 años, retirada, sufre una regresión: vuelve a ser pequeña. “Aquí aprenden los niños de los abuelos, y los abuelos de los niños”, explica, acogedora.
 
UNA LEJANA NOCHE
La vida también es cuento. Si no, que te lo cuente Teresa Morán. Ella, en una lejana noche, cuando era estudiante de arqueología, viajó con José Matos Mar y Hugo Neira al distrito de Pacaraos, en Huaral. “Esa noche, ella fue perseguida por almas, perdió su manto y los alumnos caminaban bajo la Luna, envueltos en frazadas”. ¿Sabrán estos maestros que ya se han convertido en personajes de cuento? Ahora son parte de la tradición oral.
 
La marcha del tren fantasma –que es el paso apurado de los visitantes– se detiene. La Casa de la Literatura Peruana luce solitaria tras la partida de los niños y las niñas que, por más de una hora, pulieron el piso con sus grises faldas y pantalones, que bajaron y subieron gradas, que fueron Wiracocha y fuego y aprendieron que hay que meter el hígado en la refrigeradora antes de salir de casa. “Este segundo que vivimos es muy importante”, les dice Carlos Villena, con la sapiencia de sus 77 años. Ellos aplauden, se levantan, porque el cuento ha terminado y hay que abrir la lonchera.
 
PERÍODO PRODUCTIVO
 Debemos prepararnos para una vejez productiva, opina Rony Puchuri, coordinador del programa Abuelas y Abuelos Cuentacuentos, al precisar que son 51 los adultos mayores que se han sumado a esta cruzada voluntaria. “Desde 2013, hemos atendido a 2,000 niños”, explica el funcionario, para detallar que el programa está dirigido a personas de entre 60 y 75 años de edad que tengan disponibilidad de tiempo y, sobre todo, ánimo de emprender este proyecto. Algunos provienen de Centros de Atención Residencial para Personas Adultas Mayores; otros se inscribieron por iniciativa propia. Ellos han sido capacitados en estrategias de animación de la lectura por la asociación cultural Déjame que te Cuente, a cargo de Cucha del Águila, y están listos para visitar cualquier distrito, albergue o colegio. 
 
 
 
Crónica publicada en el suplemento Variedades del diario oficial El Peruano.
 
Fotos de Melina Mejía.
Edición: César Chaman

jueves, 24 de abril de 2014

CELEBRA EL DÍA DEL LIBRO...LEYENDO EN HORAS DE TRÁFICO

Celebra el día del libro leyendo en horas de tráfico

El tráfico en la ciudad de Lima y en otras ciudades del mundo es una oportunidad para quienes viajan sentados, puedan leer su novela favorita o leer el periódico. Qué mejor manera de celebrar el Día Internacional del Libro, que abrir las páginas de un libro -Cien años de Soledad, por ejemplo- y leer mientras viajamos en el bus, o en cualquier medio de transporte público.

Según el Colegio de Ingenieros del Perú, un limeño se pasa hasta un cuarto de su vida viajando en combis y buses; lo que representa un tiempo valioso para los pasajeros y pasajeras que, en vez de mirar por la ventana y dormirse, puedan aprovechar las horas de tráfico para leer.

¿Se puede leer en movimiento? Sí, podemos. Lo veo todos los días. Escolares y universitarios, de día, de noche, leyendo sus cuadernos, libros, poesía, algunos escriben poemas en las últimas páginas de sus cuadernos; también los adultos, que prefieren leer el diario, uno de cincuenta céntimos, pero leen. También las señoras, algunas abren sus pequeñas biblias, pero leen. 

La idea no es dictarle a las personas lo que deben leer, sino simplemente ponerse a leer. Tal vez, algunos, por imitación, puedan animarse a hacer lo mismo.

Algo muy importante, a su vez, es la seguridad que debe existir en las rutas. Es decir, no podemos leer tranquilos y seguros, teniendo choferes como los de la Empresa Orión y otras empresas de transporte, que se niegan a participar de la reforma del transporte. 

Pero la reforma del transporte, como cualquier otra reforma, empieza también por la educación que reciben las personas desde sus hogares y escuelas. La lectura es la mejor reforma. 

Ahora tenemos y tendremos modernos sistemas de transporte público, como el tren eléctrico y el Metropolitano, que aunque no lo crean, existen momentos en que se liberan los asientos - o tienes la suerte de viajar sentado- y puedes aprovechar para leer. 

No olviden llevar siempre un libro bajo el brazo o en la mochila, o en la cartera. Si tu perfume te quita espacio, reemplázalo por un libro. Quita la botella de ron que llevas en tu mochila a la universidad, y pon allí un libro.

Como integrante y miembro fundador del "Colectivo Promovamos la Lectura en las Combis"  (@Yoleoencombis), te deseo un felíz Día Internacional del Libro, y te animo a celebrarlo leyendo en horas de tráfico.

Mi cuenta en Twitter: @ArturoValverdeP

martes, 15 de abril de 2014

¿POR QUÉ FRACASAN LOS PAÍSES? PORQUE NO LEEN


La revista Semana Económica publica el artículo Ya fue tu pregunta, Zavalita de Lucía Benavides, en el cual hace referencia al libro Why Nations Fail de Daron Acemoglu y James Robinson; y donde además, a mi parecer, exhorta a todos los Zavalitas del Perú a dejar de inquirirse ¿cuándo se jodió el Perú?, sino “ponerse a trabajar”.


Concuerdo con Benavides, sin embargo, me atrevería a decir que una de las causas por las cuales los países fracasan es por el bajo nivel de preparación intelectual de su gente. Dicho de otro modo, porque su gente no lee.

En Why Nations Fail se desmitifica que las condiciones geográficas y la diversidad multiétnica, sean las razones por las cuales fracasa un país; todo lo contrario, los autores aseveran que su éxito radica en crear instituciones inclusivas, y no excluyentes. Considero que impulsar la lectura en la sociedad, puede ser una de las alternativas. Tu mejor Green Card es tu cabeza.

Un profesor universitario me dijo que el progreso del Perú dependía de una revolución industrial, y por lo tanto debía crearse más empresas e industrias. ¿Y quiénes pondrían en buena marcha esas industrias sino gente preparada? Olvidaba que el factor humano es imperante para el desarrollo; y contrario a su revolución industrial, propongo una revolución intelectual: Poner al Perú a leer.

Una persona que lee tendrá más herramientas para desarrollar su creatividad empresarial; defender sus derechos; como padre o madre formará mejores hijos; y todo esto hace una mejor sociedad y un Estado más inclusivo, porque no olviden que el Estado somos nosotros. Why Nations Fail no te dice: ponte a leer para que no fracases. Miguel Ángel Cornejo, el creador de tigres de papel, tampoco lo dice.

Leer también fomenta la unión entre países contra odios históricos. No conozco español que siga quejándose de la invasión árabe pero sí muchos peruanos que aún lamentan la conquista española. Leer reduce las brechas raciales y sociales. Hoy, firmamos Tratados de Libre Comercio, pero para competir hay que prepararse todos los días. La economía es un resultado de tu preparación intelectual: cuánto sabes y cómo lo aplicas en tu realidad.

A propósito, un cuento para el próximo CADE: Dicen que una vez un empresario visitaba Catacaos, Piura. Miraba por la ventana de su auto una flota de buses interprovinciales y le dice a su chofer: “Ese parece un buen negocio. ¿Quién será el dueño?”. El otro le responde: “Son suyos, señor”.

Benavides dice: “Si tuviera la oportunidad de hablar hoy con Zavalita, le diría que deje de conversar tanto y se ponga a trabajar”. Muy bien dicho. Podríamos empezar porque los peruanos lean más. Los capitanes y reyes siempre estarán allí, pero cuando una sociedad lee tiene la facultad de hacer grandes cambios.

Mi cuenta en Twitter: @ArturoValverdeP